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viernes, 26 de agosto de 2011

desinspiración

...escuchando el fade in del contundente acorde de mi canción favorita, llegaba en coche a la ciudad. Tantas ganas tenía de llegar que hacían del tiempo una flecha para mi corazón. Al fin conseguí parar la marcha y relajar el cuerpo un segundo, no más de un segundo, era hora de buscarla. Los nervios me podían, era una sopresa.
No estaba en casa, móvil apagado, ningún signo de vida en internet. Daba igual, era libre de hacer lo que quisiera, sin más dilación empecé a moverme por la grandes avenidas y por las estrechas calles del centro. No conocía demasiado bien la ciudad, recorrí la distancia de mi viaje pateando la ciudad. Era tarde, solo entonces me empecé a preguntar qué pasaba, dónde estaba ella, dónde estaba yo. Me subi al coche, precupado, llamé incesante a su teléfono móvil, a su casa. Temía haber empezado el final de nuestros días.
No tenía dónde dormir, se trataba de una improvisación, una aventura. Decidí subir al claro del alto de la colina y esperar a que esa noche estrellada me sacara las lágrimas que acompañan a las canciones de Coldplay.
La echaba tanto de menos, que solo podía sentir un vacío en mi cuerpo esperando a ser ocupado por sus labios contra los míos. Echado en la hierba, cerré los ojos. Recuerdos era lo que veía, era lo que sentía. Sentía su mano jugando con la mía, siempre dándome el calor que me faltaba. Sentí sus labios, y abrí los ojos.
La nostalgia se apoderó de mi, y el frío también.
Me levanté, di media vuelta y entonces cual brisa de mar me tocaron sus manos, me besaron sus labios y me cerró los ojos. Era ella.
No había lugar a palabras, no podría dejar de besarla y abrazarla por un segundo. El frío era historia en ese momento, como también lo era la nostalgia. Había algo nuevo, algo que los dos habíamos echado de menos.
No pudimos resistirlo, ella me quitaba el jersey de punto mientras yo le desabrochaba la blusa. Era nuestra noche y nadie nos la iba a quitar. En menos de un minuto el suelo tocaba mi espalda desnuda, al igual que tocaba con su rocío nuestra ropa esparcida por la colina. Un cambio de situación y de respiración.
Estabamos igual de enamorados que de cachondos. Me comías la boca sin control, tus labios húmedos que se paran y dejas que salgan tus gemidos cuando mis dedos se apoderan de ti. Notaba tu placer cuando te comía entera, ese movimiento de cadera que nos hace desear más y más. Me moría cuando bajabas con tus insaciados labios por mi vientre.. No podía estar más duro cuando me pediste que lo hicieramos. Ese triangulo que dibujaba tu vientre con las piernas dobladas me calentaba la sangre y alteraba mi respiración. Cerraste los ojos, te besé y entré. Me dejaste entrar y ver aquella noche estrellada a través de tus ojos.
Un día poco común. Una noche que esperabamos los dos con ganas. Dormir abrazados en el asiento de atrás del mini descapotable con el brillo de las estrellas sobre nosotros. Nos lo merecíamos.


Bliss

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